Cuando el capitán del North Carolina calculó los daños que el impacto que le había provocado otra embarcación sería letal para la estructura del suyo, advirtió a la tripulación y los pasajeros que se prepararan para una evacuación de emergencia. Nadie podría salvar sus pertenencias. Ni siquiera el equipaje o correo podría ser recuperado. Mucho menos las miles de monedas de oro que se transportaba y que hacían del barco un tesoro flotante.
El accidente ocurrió en julio de 1840 a poco más de 30 kilómetros de la costa de Carolina del Sur, en los Estados Unidos. Desde entonces, las riquezas permanecieron en poder del mar. Actualizado, el valor de lo que el North Carolina llevaba a bordo alcanzaría hoy decenas de millones de dólares en oro. Ahora están siendo recuperadas, lentamente. “No puedo creer lo que estamos encontrando”, dijo Keith Webb, presidente de Blue Water Ventures, a la agencia de noticias McClatchy. “Las monedas parecen casi como si hubieran sido acuñadas y nos están volviendo locos. Estaban ocultas en cobre y la corriente no los movía en la arena”.
Las monedas que “acuñó” el océano no eran de denominación corriente. Por el contrario, eran extrañas y anheladas por historiadores y coleccionistas, por lo que su precio podría ser aún mayor.
Sin embargo, no es la primera vez que una empresa intenta rescatar el tesoro dorado. Hacia finales de los años 90 otra compañía naviera, MAREX, intentó la hazaña. La logró a medias: consiguieron 700 mil dólares en ganancias del fondo del mar. Luego de varios intentos, el equipo de buceadores se rindió. Los responsables de la aventura indicaron que era imposible e infructuoso continuar con la búsqueda.